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Eje Intestino-Cerebro


En éste artículo hacemos una breve introducción del eje intestino-cerebro, de cómo el trato a nuestro sistema digestivo afecta al resto del organismo, impactando sobre el componente psicológico.


Actualmente, escuchamos cada vez con más frecuencia que el intestino es considerado nuestro segundo cerebro y ambos sistemas están interconectados. La comunicación entre el sistema digestivo y el cerebro es compleja y bidireccional. Compleja porque se comunican mediante diversos sistemas (sistema inmune, endocrino y nervioso central SNC [simpático y parasimpático], también el entérico SNE, encargado de la digestión y lo relativo a ella). Un dato relevante que da pistas sobre la importancia de éste segundo sistema es que, en el desarrollo humano, se forma antes el entérico que el sistema nervioso central. Bidireccional porque es en ambos sentidos, cerebro-intestino e intestino-cerebro.

De hecho, el 60% de la información que le llega al cerebro viene del aparato digestivo y la mayor parte concretamente del intestino. “Es fácil ver que, si a tu vehículo no le das el combustible correcto, quizá no funcione, lo mismo sucede con el cuerpo humano.” Somos el resultado de la evolución y es importante entender qué mecanismos nos hicieron ser como somos y sobrevivir, sin comprender su funcionamiento, corremos el riesgo de “estropear la maquinaria”.


Sobre el estrés…


Hoy en día es fácil vivir con un nivel de estrés elevado y casi constante, por cuestiones relacionadas con el trabajo, obligaciones, vida social, estatus, economía, estudios…nada que ver con el tipo de estrés al que estábamos sometidos en el medio donde nos desarrollamos hace unos cuantos millones de años. Las amenazas ancestrales eran físicas e inmediatas, el cortisol se disparaba poniendo en marcha a todo nuestro cuerpo para huir o luchar (las dos opciones que sigue dándonos la famosa ansiedad), en ese momento, el resto de procesos pasan a segundo plano (digestión, reproducción, reparación de tejidos…). “Viene un león, me estreso, corro, ya no está, el estrés se reduce y continuo mi vida normal”. Actualmente, se parece más a “llego tarde al trabajo, me estreso; tengo que ir a ver a mi madre, me estreso; debería seguir con el curso al que me apunté, me estreso; un seguidor menos en Instagram, me estreso” … ¡y no se reduce! En lugar de ser un estrés agudo, vivimos en un estrés casi crónico, del que emergen multitud de diagnósticos relacionados con ansiedad y cuadros ansioso-depresivos. Además del componente psicológico, algunos síntomas como eccemas, migraña, artritis, acné e incluso patologías como cáncer o Alzheimer, pueden ser expresiones de daños en este sistema.

Otra cuestión interesante sobre nuestro sistema digestivo y el estrés, es la comunicación entre el aparato digestivo y las bacterias que habitan en él, pues se lleva a cabo mediante hormonas de estrés, lo que nos da pistas del impacto que pueden tener a nivel de la microbiota intestinal. A modo de curiosidad, tal es así la comunicación mediante este canal que, el famoso H. pylori (presente de manera natural en nuestro aparato digestivo), ante una situación prolongada de estrés se multiplicará provocando sus típicas dolencias. Es un ejemplo de lo que sucede cuando se rompe el equilibrio.


De las bacterias intestinales, dependen procesos como el metabolismo, la memoria e incluso el comportamiento (las acciones). Como dato interesante, existen estudios sobre ratones a los que se les hace un trasplante de bacterias y esto impacta el nivel de cortisol (hormona de estrés).

Otro estudio habla de cómo una infección por T. gondii es capaz de hacer que un hospedador pierda el miedo o sea más atrevido con la finalidad de ser comido. Hay diferentes posturas al respecto de cómo este parásito es capaz de lograr esto. La más popular tiene que ver con cómo el parásito se propaga, siendo su ambiente preferente el intestino de los gatos, por lo que lleva a los ratones donde se encuentra como huésped a que sean menos “temerosos” y por lo tanto más descuidados hacia los gatos, así pueden ser cazados con facilidad y el parásito acaba en el interior del gato. Salvando las distancias con los humanos, este tipo de estudios destacan la importancia de los microrganismos sobre nuestra fisiología y nuestra conducta.


Además, en otros estudios se ha observado cómo la memoria, las adicciones o nuestro comportamiento depende e influye sobre el estado bacteriano del intestino. Como mencionamos al principio, el origen del SNE y el SNC, lleva consigo una estrecha relación entre la inflamación del SNE (aparato digestivo) y nuestro cerebro. “Un tubo digestivo inflamado, conllevará con alta probabilidad un cerebro inflamado, lo que se traduce en ansiedad, depresión y en general, deterioro del bienestar psicológico y físico.”

Otro sistema que interviene y se relaciona con éste eje es el sistema inmune, encargado de la protección como misión principal. Algo importante a tener en cuenta es que nuestro cerebro no nos muestra la realidad al 100%, si no su interpretación, la cual se ve afectada por multitud de factores. En el ambiente en el que nos desarrollamos hace 2 millones de años, no cabía la opción a confirmar si algo era o no peligroso, “si un gato nos parece un león, nos ponemos alerta (por si acaso), porque si esperamos a cerciorarnos quizá sea demasiado tarde”.

Esto cobra vital importancia en cuestiones como el dolor, puesto que, nuestro cerebro hará su interpretación y nos señalizará un mayor o menor dolor dependiendo de cuán vulnerable se vea, y no tanto del daño real. Podríamos decir que nuestro cerebro realiza una interpretación y nuestro sistema inmune actúa en consecuencia. En ese intento de hacerlo de la mejor manera, puede surgir el estrés como consecuencia de la incertidumbre. A este respecto cabe destacar, entre otros estudios y métodos, el Wim Hof (nombre de su propio autor), en el que, a modo de muy breve resumen, es capaz de controlar y mejorar su sistema inmune a través de la meditación y respiración como herramientas principales, haciéndolo mucho más eficiente.


Para concluir... El cerebro puede aumentar o disminuir la sensación de dolor, así como la respuesta del sistema inmune. Esto puede hacer que, si lo considera oportuno, mantenga un nivel de actividad inmunitaria constante provocando una inflamación continua, que deja de ser útil. Lo mismo sucede a nivel intestinal, ante un desequilibrio (por ejemplo, en forma de estrés), nuestros sistemas responden con inflamación para resolver el problema, algo que alargado en el tiempo causará síntomas propios de patologías digestivas y deterioros como aumento de la permeabilidad intestinal, sobrecrecimiento bacteriano y todo ello impactando en el resto del organismo con diversas manifestaciones… con el factor común que suele aparecer: “he ido al médico de cabecera, me ha derivado a digestivo, me han hecho varias pruebas y me han diagnosticado síndrome de intestino irritable y/o colon irritable, he vuelto al de cabecera para que me lo explicara y me ha dicho que es estrés, no lo entiendo”. Y es que, a pesar de los recientes estudios y prometedores resultados, aún es un campo poco abordado en la medicina moderna.


Por desgracia, desde la tradicional, con frecuencia se utiliza el término “estrés o psicosomático” como cajón de sastre. Por suerte, conocer toda esta información permite actuar de una mejor manera. Si eres consciente de tu activación y puedes darle un contexto, quizá tu cerebro no vea tal amenaza y afloje un poco. Disminuir la incertidumbre, gestionar las emociones y conocerte son claves. Así como el cuidado de nuestro cuerpo y su sistema digestivo.


Recordando el título del artículo, en nuestro intestino hay una cantidad ingente de neuronas retransmitiendo y en él, se forma casi la totalidad de la serotonina (la famosa “hormona de la felicidad”), si está inflamado por el estilo de vida y la alimentación, confunde a nuestro sistema inmune y le mantiene alerta todo el tiempo.



“Vivir alejado de un estilo ancestral enferma. Muévete, haz ejercicio de fuerza, descansa, exponte a la luz solar, relaciónate con tu tribu, come alimentos humanos y gestiona tus emociones.”


Autores

@psicologansiosa Elena Martín

@aracospaleo Alberto Martínez


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